El Despertar del Ejército de Bebés Zombis Ciborgs Braquiocefálicos Controlados por una Cafetera
— Voy a recomendarle el casco—, anuncio a Susana.— Voy
por el reporte, les dejo el video.
Contengo la necesidad de informarle que siento lo mismo
que aquella última noche de universidad donde ella decidió seguir como
contadora para una empresa de electrodomésticos, y yo terminé en esta clínica
especializada en hacer cascos para corregir las cabezas deformes de
bebés como el suyo. Me destroza el corazón que no sea mío.
Huyo del cuarto. Ignoro la memorizada multimedia. “Bandas
por 23 horas al día”, “basadas en el crecimiento”, “corrigen la braquicefalia”.
Solicitan una especialidad médica para este oficio, arreglar cabezas de bebés
es significativo, pero acomodar y rebajar cascos es ejecutable tras una semana
de capacitación.
Abandono el área de juguetes y paredes coloridas, que
proyecta nuestra labor no es tortura cuasi-medieval. Me engulle la gris
y homogénea zona de oficinas tras bambalinas. Me dirijo a la sala de descanso, urge
un café.
Fracasa la misión por culpa de la “flamante cafetera
inteligente”. Su precedente con un botón elaboraba café de calidad y
temperatura aleatoria. Esta, supuestamente, crea novedosas preparaciones de los
rancios granos.
— Oye—, parlotea Karen acercándose.
— Antes—, la interrumpo—, mi café.
Una palmadita afectuosa, y la máquina escupe un líquido
pastoso.
— ¿Creíste que no iba a reconocer a tu nueva paciente?
— No debí subestimarte como chismosa—, me defiendo.
Pruebo el café. Reprimo el vómito.
— Qué pinche asco. Esa madre tiene reconocimiento facial
pero su café sabe a tierra.
— Es un problemón de conflicto de intereses—, me reprende
mi amiga.
Asiento.
— Necesito ir por su reporte.
Escapo a mi cubículo monocromático y deprimente. Karen me
escolta.
— Natalia, me preocupo—, sentencia.
La deficiente pantalla fríe mis ojos. Abro el reporte de
braquicefalia. Copio un diagnóstico y un tratamiento desde el procesador de
textos. Presiono imprimir, no corroboro que haga sentido. El niño puede
conservar su cabeza alienígena.
—Solo permiten una foto en el cubículo, a blanco y negro,
y la tuya es de ella—, protesta Karen evidenciando mi recuerdo universitario.
Adjunto a la fotografía de ambas sonriendo, práctica
olvidada desde que apareció en la clínica, conservo un mensaje romántico que me
dedicó.
— No hay nada entre nosotras. Ella quería un hijo, yo no
podía dárselo—, argumento.
Me traslado a la impresora. Karen me acecha hasta la
esquina más sombría, húmeda y con amenazas salubres del consultorio.
— Solo, no culpes al bebé—, me aconseja.
Le sonrío. Asiento.
— A parte, estaré de vacaciones y no te podré cuidar—, fanfarronea
mi amiga.
— Dudo que Luis te deje.
—Tengo un plan—, me guiña mientras se aleja.
Proporciono el reporte a Susana y su esposo. Nos
despedimos cordialmente y garantizan regresar en una semana por el casco de su
E.T.
Me deshago del café. El día continua agradable. Pero, al término
de mi turno, la impresora me espera con un aviso en tinta corrida: “No te metas
con tus pacientes”.
Violentamente le dispongo la hoja a Karen en su
escritorio.
— ¡Ya entendí el punto!
Karen contempla el papel, luego a mí.
— No fui yo—, protesta.
— Solo, déjame en paz—, bajo el volumen.
La oficina se percata. Me retiro ruborizada a la
trituradora de papel. Su rechinido me tranquiliza momentáneamente.
***
Mañana me reencuentro con Susana. Determino que preciso
dialogar con el gerente.
Incidentes insólitos plagaron mi semana. Recibí un
críptico correo electrónico de un destinatario anónimo: “Segundo intento. ¿Quién
soy?”. Algún chistosito de la clínica capaz de extorsionarme. Paranoica, eludí a
mis compañeros.
Esta semana depositaban nuestra paga. El café supo delicioso
ese día, pese a equivaler a sorber petróleo. Mi salario estaba errado. Recibí
un 32.7% de mi sueldo. La viabilidad de sortear a mis compañeros se desmoronó. El
dios dólar derrota la vergüenza. Mis compañeros extrañados corroboraron haber cobrado
íntegramente. Si alguno sospechó, lo camufló convincentemente.
Nunca me relacioné con ellos como para haber captado
sutilezas. Mi única aliada es Karen, cuya computadora falla. Pantalla secuestrada
por estática, y deslizar el ratón emite un chirrido de roedor. He encontrado esto
anteriormente. Me hinco en la polvosa alfombra, bajo la mesa encuentro los procesadores.
Extiendo mi mano para palpar la parte trasera. Inusual. Mis yemas notan algo frígido,
pesado y fusionado al equipo. Suministro más fuerza y lo arranco. La
computadora regresa a la normalidad.
Un imán con las dimensiones de mi puño y potencia formidable.
Dios obra de maneras misteriosas, la computadora se avería cuando Karen vacaciona,
previniéndole laborar. Hastiada, almaceno el imán, que se adhiere a las paredes
metálicas de mi cajón.
Reanudo mis quehaceres. El proyector ocasionalmente
permanece apagado, los videos que presento a los pacientes esporádicamente resultan
eróticos acariciando lo pornográfico, mi equipo se reinicia cada diez minutos, varios
correos electrónicos no se envían. La cafetera no trabaja, aun tras dos golpes.
Mi límite.
— No sé qué está pasando. Para todo lo que he tenido que
aguantar, merezco mi salario íntegro—, demando a Luis.
— Se te pagó lo correspondiente—, contesta amablemente
Luis—. El problema debe ser con tu banco.
Avariciosos corporativos y banqueros, despojando al que
tiene en escaso.
— A parte, ahorita deberías preocuparte por la mamá de tu
paciente: Susana.
Se me solidifica la sangre. ¿Lo sabe? La bombilla que lo alumbra
desde arriba y la protección de su monumental escritorio dificultan
determinarlo
— Ya lo sé.
Puta madre.
Evaluó mis alternativas. Ninguna favorable.
— No quiero hacer esto un problema más grande. Vas a
reflexionar tu juramento hipocrático. Y asegurarte de que el niño reciba un
tratamiento impecable. Tienes que convertir esa cabeza en la nueva foto de
referencia de cómo debe de verse un bebé tras el tratamiento.
Traduciendo el mensaje: no la cagues.
***
Hoy es la entrega. Intranquila, rezo a una deidad que
frecuentemente reniego. Recibo el paquete… ¿paquetes? Por qué emitieron dos
cascos. Reviso mis ordenes, solicité uno. Ambos yelmos iguales corresponden al
mismo niño. Archivo uno en mi cajón. Opto por desatenderlo.
5:25 de la tarde. La cita era 4:45, la última del día.
Susana, esposo y monstruito no se han presentado. Mis compañeros se van. No privilegio
ese lujo. Contacto a Susana, buzón de voz. Aprovecho para exigir al banco mi estado
de cuenta. Navego múltiples menús robóticos para notificarme que tomará una
hora. Hoy fortalezco mi paciencia.
Llegan Susana y acompañantes. Hiperventilando y el
maquillaje boicoteado por la lluvia, aun así está radiante. Pinche cabrón no la
merece. A parte suministra bebés deformes. ¿Eso anhelabas?
— Perdón, todos los semáforos siempre marcaban rojo—, me
explica.
No me exaspero. Su sonrisa me lo imposibilita. Aun así,
soy orgullosa.
— Pudiste haberme llamado para avisar—, jaque.
— Lo hice. Me mandó a buzón—, mate.
Corroboro su afirmación.
— Perdón.
Qué vergüenza.
— Vamos al cuarto—, indico.
Sigo el procedimiento. Instalo el casco al bebé, marcó
donde debe rebajarse, les muestro nuevamente el video (gracias a Dios se reproduce
el apropiado), explico las revisiones de piel y les garantizo que el yelmo perfeccionara
esa cabeza. La ternura del bastardito me quiebra, utilizo vocecitas y juego con
él. Entiendo la magia, ¿pero con este imbécil sin personalidad?
El papá acopla al niño en la carriola. Susana, en esta
ocasión, me abraza como despedida. Su cabello con fragancia floral y piel sedosa
finalizan mi travesía positivamente.
Permanezco sola en la clínica. Una notificación en mi
teléfono (ahora sí funciona la chingadera). Mi estado de cuenta. Hipoteca,
servicios, salida a un restaurante… Ajá, una compra de casi toda mi paga en
Elite-Tech. ¿Qué es eso?
Indago en internet. Una empresa de robótica por encargo. No
pedí nada.
Recibo un correo electrónico del departamento de calidad.
“Decomisar todos los cascos…”. “Irregularidades durante el proceso de impresión…”.
“Investigando el caso…”. No mames.
Busco el casco adicional, no consigo liberarlo del cajón.
Algo lo mantiene ahí. Jalo intensamente. Cede. ¿El imán… lo atrae? Pero, es
solo espuma. Lo distingo anormalmente pesado. Lo desgasto con mis uñas, rompo
grandes porciones. Me topo con metal.
Mecánico. Engranes, cables, motor y más. Lo miro sin
entender. ¿Qué propósito cumple a la altura de la sien de un bebé?
Otro correo electrónico. Anónimo. “¿Quién sabe a tierra
ahora?”
El artilugio tiembla, un chasquido y foquitos de colores.
Mi curiosidad me estorba para liberarlo. Un taladro miniatura emerge y perfora
mi yema del índice. Dolor estridente bombardea mis nervios. Lo aviento. El
impacto no le afecta, sigue trabajando.
Me chupo el dedo, controlando el sangrado.
Caigo en cuenta. Corro a mi vehículo.
Busco el camino más efectivo rumbo a casa de Susana, mi teléfono
no funciona. Vocifero y lo azoto contra el asiento maltratado de imitación de
piel. Me entrego a mi instinto. Falla. Los semáforos residen permanentemente en
rojo. Me paso algunos. Otros carros me raspan en un par de ocasiones. Ahora soy
yo quien aparece tarde.
La acomodada y espaciosa casa existe bajo la tormenta con
la fachada destrozada por la camioneta familiar empotrada donde había una
puerta. Salgo de mi vehículo. Resbalo con el aceite goteado del choque y mal
diluido por la lluvia. Un relámpago ilumina dos siluetas en el vehículo que
apenas identifico con mis ojos bañados de grasa. La bocina del carro rapta mis
oídos, no se detiene.
Rompo una ventana de la casa. Me corto la pantorrilla
izquierda al entrar. Dentro de la vivienda puedo acceder al frente del auto.
Los faros me ciegan, ayudan al aceite a calcinar mis córneas. Susana y su
esposo esperan sin vida; cristal empotrado en su piel, sangre corriendo y duchados
por la tempestad. Separo a Susana del volante, recargando su organismo en el respaldo.
El pitido se calla.
El GPS complacido avisa: “Ha llegado a su destino”.
Repite tres veces. “Ellos sí probaron tierra”.
El carro inteligente se apacigua, dejando la residencia
en penumbras. El vapor del motor me hace transpirar. El relajante repiqueteo de
las gotas sobre el aluminio es ofuscado por la rabieta de un bebé.
La silla para bebé del asiento trasero está vacía. El
gimoteo viene del segundo piso.
La culpa me atormenta. Mi corazón me obliga a subir
corriendo y acoger a la huérfana criatura que misteriosamente llegó arriba. Sin
embargo, mi cuerpo agitado es precavido. El llanto se intensifica. Mi agilidad se
deteriora. El pasamanos de ébano cruje bajo mi agarre. Son múltiples lloriqueos.
La ropa empapada de sudor, óleo y sangre ajena cada vez es más pesada. ¿Varios
bebés? Llegó a un pasillo largo, los rayos del exterior visibilizan momentáneamente
diversos caminos de sangre, todos apuntando a la recámara al final del pasillo.
El reporte decía “hijo único”. El helado pomo de la puerta congela y alisa mis
huellas dactilares. Lo giro.
El bebé descansa solitario en su cuna. Llora. Me aproximo
cautelosamente. Los sollozos agreden mis tímpanos desde todas direcciones. Juguetes
de plástico, una andadera y un closet, pero ningún otro niño. Las paredes
azules bajo la borrasca parecen el interior de una lúgubre cueva. El bebé de
Susana engalana el casco, chorrea sangre desde la sien. Está pálido como ideal supremacista
ario, sus labios azules parecen de pitufo. No debería seguir vivo. No puede estarlo.
Aun así patalea, gime y se detiene.
Silencio sepulcral. Una ventisca afecta todas mis
terminaciones nerviosas. El hedor a putrefacción violenta mis fosas nasales.
Alzo la criatura inmóvil. La arrimo a mi cara para olfatearla.
Examino por algún indicio de supervivencia.
Sus tres dientes me perforan la nariz. Aviento al mocoso.
Su cabeza estrella contra la cuna. Aúllo, provocando que la sangre brote de mi
rostro.
El armario se rompe. Una horda de bebés, todos equipados
con nuestros yelmos y la apariencia de fantasmas prematuros, se abalanzan hacia
mí.
No están vivos. Ya no. Son viles marionetas de los cascos.
Me convenzo para justificar patearlos. A uno le tumbo su única muela. Otro
termina con una astilla perforándole el ojo. Percibo el fémur de uno romperse
bajo la fuerza de mi codazo. La estirpe de Susana, con la sesera como el Gran Cañón
escurriendo materia gris, pero sostenida por la extraordinaria calidad de
nuestro producto, me acosa. El resto de los niños lo respaldan.
Huyo. Sus piecitos son rápidos. Se amontonan uno sobre
otro y se impulsan con la fuerza de gravedad. Actúan como un ser homogéneo, irracional
y exclusivamente dedicada a su presa.
La sangre en los escalones me recibe desprevenida. Resbalo.
Caigo hasta el primer piso. Impacto brutalmente de espalda.
Mi mollera agrietada irriga el recibidor, formando
alrededor de mi un charco escarlata al que una manada de treinta neonatos (qué espacioso
ropero) se arriman a beber cual bisontes en sequía. Me levanto, fracaso. El
suelo da vueltas. Pierdo el contacto con mi cuerpo, solo recibo transmisiones
de dolor agudo. Suplico ayuda, pero mis pulmones no expulsan suficiente aire.
La masa amorfa de bebés transhumanísticos más allá
de esta vida me engulle. Sus nuevos molares atacan mi piel. Los dedos
rechonchos explotan mis ojos y se clavan entre mis costillas. El tufo a leche
materna descompuesta y balbuceos siniestros me aíslan de la realidad. Solo
queda sufrimiento, desesperación y resignación ante estas criaturas que alguna
vez prometían ser la siguiente generación de la humanidad, y ahora son su perdición.

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